Una rabieta que parece no tener fin, un niño que se niega constantemente a realizar una actividad en el aula, la resistencia extrema a cambiar una rutina o incluso el silencio pueden ser interpretados rápidamente como señales de “malcriadez”, desobediencia o falta de interés. Sin embargo, la conducta también puede ser una forma de comunicación cuando un niño todavía no cuenta con las herramientas para expresar lo que siente o necesita.
Este fue uno de los principales mensajes de la Dra. Marion Alleyne, neuróloga pediatra de Hospiten Paitilla, durante su participación en la Jornada Científica de Hospiten Paitilla 2026, donde abordó la importancia de comprender la neurobiología detrás de determinadas conductas infantiles y de identificar oportunamente posibles señales relacionadas con el desarrollo.
Para la especialista, uno de los mayores desafíos está en aprender a mirar más allá de la conducta visible. “El cerebro infantil carece de las herramientas lingüísticas y cognitivas para expresar una dificultad. Eso lo expresa mediante la conducta”, explicó la Dra. Alleyne.
Así, lo que para un adulto puede parecer una reacción exagerada puede representar para el niño una manera de expresar ansiedad, frustración, incomodidad o dificultad para adaptarse a una determinada situación.
En el entorno familiar y escolar, algunas conductas pueden convertirse rápidamente en motivo de llamados de atención. Rabietas prolongadas, aislamiento, resistencia a los cambios o dificultades para seguir determinadas instrucciones pueden generar frustración tanto en los adultos como en los propios niños.
La especialista plantea la necesidad de cambiar esa primera reacción: antes de etiquetar una conducta, es importante observar, identificar cuándo ocurre y evaluar qué puede estar provocándola.
En este sentido, la historia clínica, el examen físico y la observación del comportamiento continúan siendo herramientas fundamentales para evaluar el desarrollo infantil. La observación de los patrones de conducta puede ayudar a identificar si existen dificultades en áreas como el desarrollo motor, comunicativo o lingüístico que requieran una evaluación especializada.
Uno de los llamados de atención de la especialista estuvo relacionado con la tendencia de algunos padres a esperar a que los retrasos en el lenguaje se resuelvan con el tiempo.
La comunicación infantil no comienza cuando aparecen las primeras palabras. Desde los primeros meses existen señales que permiten observar cómo el niño establece vínculos, responde a las personas y desarrolla formas de comunicación no verbal.
La Dra. Alleyne destacó la importancia de prestar atención a los hitos del desarrollo y señaló que a los 4 años el lenguaje debe haber alcanzado una madurez que permita al niño mantener una conversación fluida y estructurada.
También recordó que entre los 12 y los 24 meses ocurre una etapa importante de expansión del vocabulario, precedida por el desarrollo de distintas formas de comunicación preverbal durante el primer año de vida.
Por ello, ante un retraso significativo o una señal que genere preocupación, esperar indefinidamente puede significar perder una oportunidad de intervenir de manera temprana.
La comunicación infantil incluye mucho más que hablar. La especialista llamó la atención sobre determinadas señales que deben ser observadas por padres, docentes y cuidadores. Entre ellas:
Estas señales no deben utilizarse por sí solas para establecer un diagnóstico, pero sí pueden justificar una evaluación del desarrollo cuando generan preocupación o se presentan de manera persistente.
Otro de los aspectos abordados por la Dra. Alleyne fue la inflexibilidad cognitiva. Para algunos niños, situaciones que parecen insignificantes para los adultos como cambiar un plato, modificar una rutina o alterar el orden de una actividad pueden generar un nivel importante de angustia.
De igual manera, las estereotipias motoras no deberían interpretarse automáticamente como conductas que deben eliminarse. Según explicó la especialista, pueden funcionar como mecanismos de autorregulación frente a situaciones que generan ansiedad, sobrecarga o incomodidad.
El reto para los adultos es entender qué hay detrás de la conducta antes de intentar corregirla. “Debemos convertirnos en traductores”, recomendó.
La Dra. Alleyne hizo énfasis en la responsabilidad que tienen los adultos que rodean al niño, ya sean familiares, docentes o profesionales de la salud, para identificar cuándo una conducta puede estar expresando una dificultad que el menor todavía no sabe comunicar.
“Debemos devolverle la voz al pequeño, no solo para buscar un diagnóstico preciso, sino para realizar una intervención terapéutica compasiva y temprana”, señaló la especialista.
Este cambio de mirada también implica abandonar etiquetas como “malcriado”, “desobediente”, “antisocial” o “caprichoso” cuando no se ha intentado comprender qué está ocurriendo.
“Las dos premisas fundamentales deben ser: no juzgar y ser compasivos”, concluyó la especialista.
La detección y evaluación oportuna permiten comprender mejor las necesidades de cada niño y favorecer intervenciones tempranas durante una etapa fundamental para su desarrollo.
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